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sexta-feira, 22 de janeiro de 2010

LA MALDAD

El hombre posee muchos rostros. La belleza está más allá de nuestros ojos.
El bosque reclama lo suyo, pero lo que un día fue ya no es.
La gente del pueblo no entendía aquella criatura osca que habitaba en lo profundo del bosque, mitad animal mitad humano.
El humano le teme a lo diferente, a lo que no le es igual, a aquello que está más allá de su realidad cotidiana, como si la diversidad no existiera en el mundo.
Esa gente visualmente apacible escondía dentro de sí la verdad y la mentira, el odio y el amor. La ignorancia fue más fuerte, la pasión, la emoción, el sentimiento suplantó a la razón, al criterio, a la humildad, a su humanidad.
La criatura del bosque hablaba con los animales en un lenguaje de gestos y sonidos que solo la naturaleza comprendía; pero en su mirada estaba la clave. Por sus ojos hablaba el alma. Quien pueda ver más allá de un rostro verá a Dios. La diferencia acerca o aparta al hombre, los une o los separa sin entender la igualdad.
La diferencia nos muestra que hay algo más, que no somos los únicos, que hay otros, los otros.
El ser del bosque resultó ser diferente para personas que no podían entender ni comprender esa “diferencia”.
Un día decidieron que aquél ser no-tenia razón de “ser”, de vivir. Todos sus miedos, su maldad, su odio lo trasladó a la criatura del bosque.
No les fue difícil encontrarlo, asustadizo se escabullía por momentos y espiaba a aquellas personas de apariencia agradable. Pronto el bosque perdería a aquél ser inocente y puro. Tímidamente se les acercó y cuando estuvo cerca de ellos, las agradables personas blandieron sus filosos machetes y los descargaron sobre la criatura, ella no gritó, solo lanzó un gemido apagado el cuál sus asesinos siempre oirían por el resto de sus vidas.
No hay nada permanente, ni el odio, ni el amor, ni la tristeza, ni la alegría. Lo que hoy es, mañana no existirá más.
Somos ángeles y demonios capaces del acto más heroico y altruista y capaces del más vil y bajo.
El bosque y sus criaturas reclaman lo que es de él, aunque sabe que jamás regresará.
No se acalla el grito tapando la boca.

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