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sexta-feira, 22 de janeiro de 2010

EL HOMBRE

El hombre al perder contacto con la naturaleza exterior e interior perdió capacidades “naturales” inherentes a la gran mayoría de la especie animal. Facultades como la intuición, percibir la capacidad de sentir peligro, terremotos, de poder sentir cuando alguien se acerca, etc, cualidades que nosotros los humanos hemos adormecido pero que siempre en algún momento aparecen catalogándolas de poderes paranormales, siendo que son poderes netamente normales los cuales nuestra racionabilidad exagerada los vuelve acontecimientos mágicos.
Cuando la mente se acalla, cuando los sentidos se apaciguan, cuando nuestro cuerpo y alma se serenan, lo que antes no se oía se escucha, lo que no se veía se ve, lo que no se apreciaba se aprecia, lo que no se sentía se siente. El ser que anida en cada uno de nosotros se manifiesta, nos habla, nos conecta con el conocimiento universal que vive y palpita en nosotros.
En la antigüedad el hombre estaba más conectado con su entorno, agradecía el sol y su calor, la lluvia y su frescura, la tierra y sus frutos. Agradecía el maravilloso misterio de la vida. Hoy en nuestra sociedad deshumanizada encontrar a un humano es equivalente a un milagro.
El hombre se ha olvidado de agradecer y más bien muchos son los que maldicen cada día de su existencia y ruegan salir de este infierno creado por nuestras propias manos. Muchas ya no se asombran con las cosas simples y a la vez profundas de la vida, de la naturaleza, su conocimiento racional los aparta de su esencia, los aparta de sí mismos y parecen extraños en su propia tierra, lo que antes agradecían y bendecían ahora lo maldicen, sienten que la naturaleza va en contra de ellos, que es su enemiga y no su aliada. Se han apartado de ella en busca de algo mejor y ahora lloran su ausencia y anhelan el regreso a ella. La capacidad de asombro ante una puesta de sol, el germinar de una semilla, el vuelo de un pájaro, el susurro del viento entre los árboles y mucho más ya no nutre sus sentidos ni embriaga sus emociones.
Las ciudades son como islas desiertas en medio del mar de la vida. Junglas de cemento asfalto y acero donde los sentimientos se congelan con el frío de nuestra insensibilidad. El dinero es el amo del mundo y de nuestra vida y el reloj el dominante medidor de nuestra angustia. Le hemos puesto precio a todo, a la vida y al tiempo.
Asinádos en edificios o calurosas oficinas, o como sardinas en el transporte público. Hemos perdido el respeto, el honor, la compasión, el amor, la fe. La vida se vuelve rutina, y en la rutina de la vida morimos. Engañamos y somos engañados, estafamos y somos estafados. Damos pan y nos dan una piedra. Las palabras se han vuelto vacías y sin contenido, largas conversaciones sin esencia ni utilidad.
La distracción después de la rutina es nuestro salvavidas y la televisión nuestra ancla. Nos enchufamos a ella, nos alimenta y nos nutre, llena nuestra mente de vicio y basura, nos incita, nos excita, nos lleva a consumir por el consumo mismo.
Las calles están llenas de deseos, triunfos y fracasos, alegría y descontento, resentimiento y dolor, sueños inalcanzables que se esfuman en nuestras manos.
Cuando todo parece perdido, ahí está ella, esa voz quieta y suave que grita en silencio, que asciendo de lo más profundo de océano de nuestro ser cuando sentimos ahogarnos en las oscuras aguas de nuestro infierno. Esa voz es como una mano que nos saca de las oscuras aguas de la ignorancia.
Esa voz que solo escuchamos cuando el ruido ensordecedor de nuestra mente se acalla, entonces la oímos con claridad que nos dice: “SÉ LIBRE CON RESPONSABILIDAD”, y a cada cuál le da el mensaje que su alma necesita, aquel que su corazón anhela.
El hombre creyó ser feliz alejado de la naturaleza sin darse cuanta que él es la naturaleza y que fuera de ella no hay nada.
En el mundo estamos buscándonos a nosotros mismos, quizás ese sea el paraíso de Adán y Eva, simplemente la comunión con la naturaleza. Cuando el hombre perdió el sentido de unidad, fue arrojado de paraíso y así nació su YO, su EGO, su individualidad, y fue ahí donde se interrogó así mismo con su nueva facultad “La Razón”. Conoció lo bueno y lo malo, buscó explicaciones, pero jamás una parte puede comprender el todo a menos que nos sintamos como el todo.
El hombre adquirió la conciencia de su ser y el razonamiento dio lugar al conocimiento. Para ese entonces se escindió de su naturaleza y la vio ajena a él, fue en busca de respuestas, en busca de su origen.
Ahora y después de mucho andar descubre que el origen es, fue y será la naturaleza de la cuál se escindió; ÉL MISMO.
Todo tiene un sentido en el universo, en la vida aunque a veces no lo veamos, todo tiene su punto de utilidad en la creación, cuando desees ver algo oculto mira en otra dirección y lo verás. Cuando desees ocultar algo muéstralo. Cuando desees mostrar algo ocúltalo. Cuando desees mostrar algo se ocultará así mismo. Cuando te oculten algo se mostrará así mismo. Cuando desees ocultar algo esto con el tiempo se mostrará así mismo.
La creación no es algo culminado, sino que está en marcha, ahora es cuando muchos hombres comienzan a ser parte del todo sin perder su individualidad. El individuo percibe la fuerza de lo universal y eterno en lo cotidiano y mortal y transforma el egoísmo en caridad. Vuelve al paraíso de donde salió enriquecido por la experiencia. El pensamiento es creador, aquello en lo que pensamos se convierte en realidad. El mundo del mañana es el que empecemos a edificar hoy, y será como nosotros queramos. Las puertas del edén no están más lejos que nosotros, que nuestras propias manos, solo hay que empujarlas y entrar en él, porque el edén es el mundo y nosotros mismos.
El mal que el hombre persigue está dentro de él. La ciencia y la tecnología sumieron a los hombres en un camino que se aleja cada vez más de sí mismo y su propia naturaleza.
Las ciudades nos apartan de lo que somos y de nuestro contacto con los ciclos de la vida, de la naturaleza y del cosmos. El hombre urbano se siente vacío cuando el silencio llega, cuando se acalla el ruido, cuando el rumos de la calle decrece y estamos solos con nuestro ser en muchos viene el temor a aquello que subyace oculto en nuestro ser.

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